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La IA se quedó con las tareas donde se aprendía el oficio

Las empresas dejaron de abrir la vacante junior, y el empleo de los más jóvenes en ocupaciones expuestas a la inteligencia artificial ya está 19 % por debajo de lo esperable. Nadie echó a nadie, simplemente se automatizaron las tareas de rodaje donde se formaba el criterio. ¿Qué se rompe con eso, y cómo se vuelve a formar gente adentro de la empresa?

Dejamos de contratar juniors y nadie lo decidió


En marzo, un jefe de área mira su organigrama con una sensación rara. En diciembre renunció la analista junior que armaba los reportes de gestión. Antes, una vacante así se reponía en tres semanas. Esta vez el gerente probó dos meses repartiendo la tarea entre el asistente de inteligencia artificial y una persona con experiencia, y salió adelante. La vacante no se cerró en ninguna reunión ni figura en ningún acta: simplemente se dejó de mencionar. En el presupuesto del año siguiente ya no está.


La pirámide de talento antes y despupes de la IA
La pirámide de talento antes y despupes de la IA

Multiplicada por miles de organizaciones, esa escena silenciosa tiene consecuencias medibles. El Stanford Digital Economy Lab viene siguiendo el fenómeno con datos de nóminas de la empresa ADP desde noviembre de 2022. En su actualización de agosto de 2026, Erik Brynjolfsson y su equipo reportan que el empleo de trabajadores de 22 a 25 años en ocupaciones muy expuestas a la inteligencia artificial está alrededor de 19 % por debajo de donde estaría si hubiera seguido el ritmo de sus pares en ocupaciones menos expuestas. La brecha era de 15 % un año antes. Los investigadores aclaran algo importante: no observan un desplazamiento generalizado en la economía, y el ajuste ocurre sobre todo por menor contratación de jóvenes, no por más despidos. Nadie está echando a nadie. Simplemente dejó de abrirse la puerta.

«La vacante no se cerró en ninguna reunión: simplemente se dejó de mencionar.»

Qué es una pipeline de talento, y por qué se rompe en silencio


En la jerga de recursos humanos se la llama pipeline de talento, y la palabra inglesa no ayuda mucho: suena a cañería, a algo que corre solo. Conviene pensarla como una cadena de formación interna. Una persona entra sin oficio, hace tareas de rodaje que a nadie le parecen estratégicas, se equivoca en cosas de tamaño manejable, recibe correcciones, mira de cerca trabajar a alguien que sabe, y en tres o cuatro años empieza a poder juzgar el trabajo ajeno. Diez años después, esa persona es quien firma. La cadena tiene la particularidad de que ningún eslabón se ve mientras funciona, y de que su ruptura no produce ningún síntoma inmediato.

Una pipeline de talento
Una pipeline de talento

Vale la pena mirar de cerca qué pasaba en esas tareas de rodaje que ahora resuelve un script. Una pasante entra a un estudio contable y pasa seis meses cargando datos de conciliaciones bancarias. Trabajo tedioso, sí. En la semana veinte nota que un movimiento se repite en dos cuentas distintas, pregunta por qué, y descubre —porque alguien se toma diez minutos de explicárselo— cómo se registra un pago diferido y en qué casos eso esconde un problema de caja. Ese momento no estaba en el plan de capacitación de nadie. Ocurrió porque ella tenía las manos adentro del dato el tiempo suficiente como para que algo le llamara la atención. Automatizada la carga, la conciliación sale igual de bien y la pasante no está.


En el artículo anterior de esta serie mirábamos el costo inmediato del trabajo burbuja: material hecho con inteligencia artificial que llega impecable y hay que rehacer, con casi dos horas de retrabajo por episodio para el que lo recibe. Ahí la conclusión era que ese material mide la claridad con que una empresa encarga y revisa lo que produce. Este artículo mira la otra punta del mismo problema y propone valorar quién va a estar en condiciones de revisar dentro de cinco años. Las dos preguntas viven en la misma casa.


Las razones de los que no quieren contratar


Conviene tomarse en serio a quienes hoy se resisten a incorporar gente joven, porque sus razones no son caprichosas.

Pensemos en Rosana, directora de administración de una empresa mediana, veintiséis años en el puesto. Hace la cuenta con papel y lápiz: incorporar a alguien sin experiencia le va a costar cuatro meses de su propio tiempo —revisar, explicar, rehacer, volver a explicar— y le va a dar rendimiento neto recién a partir del segundo año, si la persona se queda. Su experiencia reciente no ayuda: de los tres jóvenes que tomó en los últimos cuatro años, uno renunció por WhatsApp a los cinco meses, otro pedía instrucciones escritas para tareas que ella considera de sentido común y el tercero resultó excelente y se fue a los dos años a una multinacional que le pagó cuarenta por ciento más. Del otro lado, el asistente de inteligencia artificial le responde a las once de la noche, no se ofende, no renuncia y le cuesta lo que sale una cena.


Rosana no está siendo mezquina: está optimizando su trimestre con la información que tiene. El problema es que el costo de su decisión no aparece en su trimestre ni en el siguiente. Aparece el día que ella se jubile, o se canse, y la empresa descubra que las tres personas capaces de mirar un balance y saber dónde está la trampa tienen todas más de cincuenta años.


También conviene mirar sin romanticismo qué llega del otro lado. Muchos jóvenes se incorporan hoy con menos exposición a problemas reales que sus predecesores porque están formados en ejercicios universitarios que no tienen consecuencias, con poca práctica de trabajo multidisciplinario, acostumbrados a entornos donde abandonar un proceso a mitad de camino tiene un costo social bajo, y con dificultad para insertarse en procesos donde hay que negociar con gente que piensa distinto y tiene otra edad. Esa distancia es real y frustra a los líderes que la enfrentan.

«El costo de no formar gente no aparece en el trimestre. Aparece el día que se jubila la única persona que sabía dónde estaba la trampa.»

La ligereza no tiene edad


Ahora bien, el diagnóstico se vuelve inútil apenas se lo convierte en un asunto de generaciones, y cualquiera que dirija equipos tiene evidencia a mano de por qué.

En la misma empresa donde Rosana desconfía de los jóvenes trabaja un director comercial de cincuenta y dos años que dicta memos en el ascensor, los manda sin releerlos y abre todos los informes diciendo que el mercado atraviesa un momento de transformación. Y trabaja también una analista de veinticuatro que la semana pasada se tomó cuarenta minutos extra para llamar al depósito y confirmar una cifra que le olía mal, porque le da vergüenza mandar algo con un error adentro.


Lo que separa a esas dos personas es el gusto por el oficio: cuánto le importa a alguien que lo que sale con su nombre esté bien hecho, y cuánta incomodidad está dispuesto a bancarse para lograrlo. Eso se forma en los primeros años de trabajo, con alguien mirando lo que uno entrega y diciéndole qué le falta, y se puede formar a los veinticuatro y también a los cincuenta y dos. La inteligencia artificial no creó esa diferencia: le puso un amplificador. El que verificaba antes verifica ahora y produce cuatro veces más de lo bueno; el que despachaba antes despacha ahora, con mejor presentación y en menos tiempo.


Una buena noticia escondida es que si el problema fuera generacional, habría que esperar veinte años. Como el problema es de formación, vocación y hábito, se puede trabajar este semestre.

Silos, inseguridad y una ganancia que no llega


Hay un tercer efecto de la adopción apurada y se cobra caro que es el encierro con un chatbot y pretender resolverlo todo allí en una cámara de eco.

Cuando cada persona resuelve sola con su asistente lo que antes negociaba con otras áreas, la coordinación se vuelve opcional. Las áreas dejan de conversar, los criterios se bifurcan y aparecen versiones distintas de la misma verdad, cada una impecablemente formateada. A eso se suma la inseguridad de quien intuye que su tarea puede automatizarse y prefiere no mostrar demasiado en qué está trabajando, por las dudas. Un equipo así produce más y decide peor, y la ganancia de productividad que aparece en la planilla se consume en reuniones para reconciliar lo que nunca se conversó.


Este es el punto donde la respuesta puramente técnica se queda corta. Hace falta lo que podría llamarse una gobernanza técnica y cultural de la inteligencia artificial con reglas explícitas sobre qué se puede producir con IA y qué no, qué se verifica antes de que circule, quién firma, qué datos de clientes o de personas no se cargan en herramientas de terceros; y, junto a eso, un marco de trabajo compartido que recorra las operaciones mejorándolas, en lugar de repartir licencias y esperar.


La parte técnica la resuelve el área de sistemas en unas semanas. La parte cultural —que la gente pida bien, revise con criterio, se anime a decir «esto todavía no está» y aprenda de la corrección— lleva tiempo y no se compra hecha.

Un dólar de cada cinco


Alexi Robichaux, CEO de BetterUp, propone en el podcast Meet the Leader del Foro Económico Mundial una pregunta que sirve como termómetro de presupuesto: «Por cada cinco dólares que gastamos en tecnología, ¿estamos gastando uno en desarrollar a nuestra gente?». En la mayoría de las compañías que despliegan inteligencia artificial la respuesta incomoda.


La partida de licencias e integraciones se aprueba con evidencia de mercado y horizonte de dos años. La partida de desarrollo humano se aprueba con lo que sobra, se ejecuta en un taller de medio día y se evalúa con una encuesta de satisfacción que nadie vuelve a leer.

El criterio se construye practicando con casos reales y recibiendo devolución sobre lo que uno produjo, una experiencia bastante distinta de mirar a alguien explicar buenas prácticas en una pantalla. Una organización que ya tiene plataforma de contenidos tiene resuelto el acceso, que era la parte fácil. Lo que falta es el lugar donde alguien trae el informe que mandó, escucha por qué generó dos horas de retrabajo, discute con colegas de otras áreas cómo lo habrían resuelto ellos y prueba de nuevo la semana siguiente. Ese lugar, sostenido en el tiempo, es donde un profesional joven se convierte en alguien capaz de juzgar, y donde alguien con veinte años de oficio descubre para qué le sirve trabajar con quien llegó hace seis meses. Robichaux describe el momento como «una carrera de velocidad de aprendizaje», y una carrera así no se corre alquilando piernas.


Lo que hacemos en Knowmads Teammasters


Trabajamos facilitando conversación es estratégicas en comunidades guiadas de aprendizaje en acción dentro de la empresa.

El Bootcamp de Fundamentos adaptado al contexto de cada compañía —hasta dieciséis participantes, cien por ciento online, un recorrido de alrededor de ciento veinte días— con casos propios de la organización sobre la mesa, mientras la empresa forma a sus propios referentes internos a través de la ruta del Teammaster, que es la acreditación metodológica de KTM para el facilitador interno. Las cohortes mezclan deliberadamente niveles y disciplinas, porque la capacidad de trabajar entre generaciones se aprende conviviendo con el criterio ajeno y discutiéndolo.


Incorporar gente joven, en ese marco, deja de ser un acto de fe porque entra a un sistema que la forma, con alguien de oficio al lado, con práctica observable y con una manera de saber si está aprendiendo. Y quien tiene veinte años de experiencia deja de cargar solo con la tarea de enseñar en los ratos libres.

Si en tu organización la vacante junior se dejó de mencionar, si el peso de revisar todo cayó sobre las mismas cuatro personas de siempre, o si querés incorporar gente joven y no sabés bien sobre qué estructura apoyarla, conversemos. La primera conversación es diagnóstica, dura menos que la reunión donde volverían a postergar el tema, y no cuesta nada.

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